Tomado de www.eltiempo.com
Después de tan abrumadora reelección, ¿quién habría imaginado al presidente Álvaro Uribe dedicado a complacer a los políticos con nombramientos para impulsar su programa legislativo? ¿Qué dirán los 7,4 millones de ciudadanos que refrendaron su confianza en él, al verlo entregado a los tejemanejes burocráticos con las bancadas de su coalición -la U, Cambio Radical, Partido Conservador y demás-, que todavía se declara insatisfecha? ¿Quedó en promesas de campaña aquello de acabar con la corrupción y la politiquería?
Porque si alguien se ha prestado para que los políticos, sin haber demostrado aún méritos distintos al de su caudal electoral, se apoderen de los principales cargos del Ejecutivo, ese es el Presidente, quien ha dado muestras de batir marcas en la larga carrera clientelista que ha recorrido este país. Y aunque es natural que en la política se hagan transacciones, lo que estamos presenciando es un regreso a lo peor de las costumbres que alguna vez ofreció purificar Uribe.
Hace dos semanas expresamos preocupación por los síntomas de improvisación que signaban los primeros días del segundo mandato de Uribe. Suponíamos que el Presidente y su equipo partían no solo con la experiencia de los primeros cuatro años y suficiente claridad sobre las metas hacia el 2010, sino con un respaldo popular tan abrumador como contundente, que le permitiría tomar distancia de la insaciable voracidad de su coalición política. Pues no. Lo que aparece es un segundo gobierno preso de la politiquería y dedicado a devolver favores con tal de asegurar una frágil gobernabilidad, como lo ha demostrado el insolente comportamiento de sus bancadas. Ya no se trata de meritocracia, sino de favoritismo, sacrificando muy buenos funcionarios. Esto explica la sorpresiva designación de políticos profesionales en posiciones que exigen conocimientos técnicos y experticia, como la presidencia del Banco Agrario, la Superintendencia de Salud, la Dirección de Estupefacientes o el Bienestar Familiar, para mencionar solo algunos de los casos más notorios. En uno de estos, a espaldas del ministro.
Muchas de estas designaciones han sido producto de las reuniones que el Presidente mantiene regularmente con las bancadas uribistas, cuya rivalidad por una mayor tajada del ponqué burocrático es cada vez más notoria. Ayer no más, congresistas del partido de la U visitaron la Casa de Nariño para aliviar la tensión entre ellos y Uribe, por sentirse "incomprendidos" en cuanto a sus aspiraciones burocráticas. En otras palabras, querían más puestos.
Si se tratara solo de 'casos aislados' (para usar una expresión en boga), tal vez no sería tan grave. Pero el alud de nombramientos de estos días, de claro tinte político y antimeritocrático, confirma un peligroso 'manzanillismo'. Que despierta sospechas sobre si es al 'manzanillismo' al que el Presidente debe una buena parte de su cuantiosa votación. Y envía el mensaje de que, en lugar de aprovechar su enorme mandato popular para 'desmarcarse' de los políticos y darle un rumbo firme a su gobierno, el Presidente se ha convertido, increíblemente, en promotor del sistema politiquero y clientelista que tanto ha criticado.
Es entonces recomendable que las bancadas suspendan las peregrinaciones a la Casa de Nariño en busca de más puestos, pues ya al Presidente no parecen quedarle más para ofrecer. Lo más grave de todo es que los bochornosos espectáculos que en estos días han dado en el Congreso los remedos de bancadas no aseguran que la crítica agenda legislativa de Uribe la tenga fácil.
En lugar de 'desmarcarse' de los políticos, Uribe se ha vuelto promotor del sistema politiquero que tanto criticó.
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